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Una de las cosas que más me ha llamado la atención desde que llegué a Alemania es la manera en que las ciudades te invitan a detenerte.

A orillas del Rin hay amplios espacios públicos donde las personas simplemente están. Algunos llegan con un libro, otros en bicicleta, algo de comida callejera, una manta, unas cervezas o un café. Hay quienes conversan con amigos, grupos de personas que hacen un pícnic y personas que prefieren sentarse solas a contemplar el río. Nadie parece tener apuro por irse.

Cuando aparece el sol, aunque sea por unas horas, las orillas del río Rin se llenan de vida. Los alemanes paran las rotativas para salir a disfrutar un poco de vitamina D. La gente aprovecha cada momento al aire libre como si entendiera que el buen clima también es un regalo que merece disfrutarse. Ahí también me di cuenta de lo afortunados que somos con la calidez del clima de Lima.

No hace falta consumir para quedarse allí. No es necesario entrar a un restaurante ni pagar la entrada. El espacio público cumple su propósito. «Les pertenece a todos».

Entonces me pregunto cuánto puede cambiar nuestra relación con una ciudad cuando esta nos invita a vivirla y no solo a atravesarla.

En producción audiovisual solemos decir que las locaciones también son personajes. Definen el tono de una escena, influyen en las emociones y ayudan a construir una historia. Quizá las ciudades funcionan de la misma manera. Un espacio pensado para las personas no solo mejora la calidad de vida; también genera encuentros, conversaciones, descanso e inspiración.

Mientras miro el Rin, pienso en nuestras ciudades latinoamericanas y en el enorme potencial que tienen sus ríos, parques y plazas para convertirse en lugares de convivencia. Espacios donde no haga falta comprar algo para sentir que perteneces.

Finalmente, una ciudad también comunica. Y cuando diseña espacios donde las personas pueden encontrarse, descansar o simplemente mirar el horizonte, nos está diciendo que tu tiempo, tu bienestar y tu presencia también importan y mucho.

Lo que el Rin me enseñó sobre los espacios pensados para las personas.

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